A finales del verano, el suelo conserva todavía buena parte del calor acumulado durante los meses cálidos, lo que favorece el enraizamiento de las plantas vivaces recién plantadas antes de que lleguen los primeros fríos. Abrir un nuevo arriate en este momento del año permite que las plantas se asienten con calma, sin la prisa de la primavera ni el estrés de las temperaturas más altas del verano.
Preparar bien el terreno
Antes de cavar, conviene marcar con claridad los límites del nuevo arriate, ya sea con una manguera dispuesta en el suelo o con unas estacas y un cordel, para visualizar la forma final antes de empezar a remover la tierra. Retire toda la hierba y las raíces de malas hierbas de la superficie, procurando extraerlas por completo para que no vuelvan a brotar entre las nuevas plantas semanas después.
Cave el terreno a una profundidad razonable, rompiendo los terrones más grandes y retirando piedras u otros restos que puedan dificultar el crecimiento de las raíces. Incorporar compost bien maduro durante esta fase mejora notablemente la estructura del suelo, especialmente si la tierra es compacta o arcillosa, y aporta nutrientes que beneficiarán a las plantas durante los primeros meses.
Antes de plantar, deje reposar el terreno recién removido durante unos días, lo que permite que se asiente ligeramente y facilita detectar zonas donde falte nivelar. Riegue con generosidad justo después de plantar, y mantenga el suelo húmedo durante las semanas siguientes, mientras las raíces nuevas se establecen en su lugar definitivo.
Con esta preparación cuidadosa a finales de verano, el nuevo arriate llega al invierno con las plantas ya bien arraigadas, listas para desarrollarse con fuerza en cuanto regrese la primavera. Es una tarea que exige cierto esfuerzo inicial, pero que sienta una base sólida para años de floración.